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VIOLETA
DEL VIENTO
En
un rincón del jardín había crecido aquella curiosa, linda mata, de
hojas color de humo untuoso y con una flor frágil y delicada como la
violeta, de pétalos morados y blancos, con un trazo amarillo y unas líneas
levemente bosquejadas, como si de una firma a plumilla se tratara.
Anteayer
no estaba ahí. Puedo asegurarlo. Recuerdo que fui a coger el coche y el
camino de piedra que serpentea sobre el césped brillaba debido a las últimas
lluvias. Había llovido mucho la última semana y el viento no había
parado de soplar. Parecía mentira que estuviéramos a mediados de mayo.
Pero ya se sabe; cuando en marzo mayea en mayo marcea. Es el corolario
de la sabiduría de la experiencia popular. Aquella primavera tenía el
carácter revoltoso.
La
puerta del garaje estaba justo junto al chopo de Bolonia y, antes de
abrirla, yo había mirado hacia atrás; no sé, un impulso inconsciente.
Recuerdo que vi el rincón junto al pequeño estanque, y la mata no
estaba. El viento rizaba el agua y pasaba su mano invisible sobre la
coronilla de los céspedes. Noté que en aquel rincón parecía haber un
remolino, cosa curiosa; no sé por qué tuve la sensación de que había
una mariposa atrapada en la prisión sin rejas del aire.
Pero
en cuanto arranqué el coche y cogí la vereda lo olvidé todo. Tenía
asuntos importantes que atender en la ciudad.
Todo
comenzó al volver a casa. Estaba solo, Quibila había ido a casa de su
madre; creo que no se encontraba bien, me había telefoneado a la
oficina y dijo que se quedaría a pasar la noche con ella.
Vi
la mata del color del humo en la esquina, junto al estanque. Juro por lo
más sagrado que no estaba allí cuando abrí la puerta del garaje. Al
acercarme sentí un aroma extraordinario, como una fragancia paradisíaca,
eso pensé. No sé por qué me emocioné al ver la florecilla morada y
amarilla, como una pequeña violeta; no sé por qué sentí aquel
impulso irresistible. Saqué la navaja de mi bolsillo y recorté la
tierra a su alrededor; quería plantarla en una maceta y tenerla en mi
estudio. Sentí que necesitaba tenerla cerca. Era una florecilla que debía
tener alguna historia oculta en su perfume, en la combinación de sus
colores o en la forma de sus hojas. ¡Qué situación tan peculiar!
No
sé por qué sentí que la había creado el tobogán de un viento
caprichoso, el batir de alas de un aire ligero y transparente, duende y
juguetón.
La
llevé a la cocina y la planté en una pequeña maceta de colores
suaves. Así parecía una mariposa enigmática, parecía el juego de una
primavera antojadiza.
Tomé
un bocadillo y bebí algo, entonces empecé a pensar en fórmulas
prodigiosas, en descripciones literarias inverosímiles, en sintaxis
fractales, en alas de bellas mariposas gramaticales, en metáforas de
contenidos portentosos. Y empezó a caer la lluvia y sentí que el
viento se acercaba. Tuve un sentimiento extraño, me dije: «El viento
está enfadado».
Parece
tonto, lo sé: pero el viento
estaba sumamente enfadado.
Las
contraventanas de mi estudio eran de madera y estaban sujetas a la
fachada. La ventana propiamente dicha era doble y, entre los dos
cristales, había un amplio alféizar donde solía poner pequeñas
macetas con flores o cactus. Allí estaba ahora la flor extraña que
exhalaba recuerdos del paraíso y yo podía mirarla desde la mesa donde
escribía en el ordenador; sólo tenía que volver un poco la cabeza.
Era extraordinario, no sé, aquella flor tenía una especie de hechizo:
la miraba y se me ocurrían mil historias que contar, pero no sólo
contar, sino contarlas exquisitamente; con sentimientos de trazos
multicolores enredados entre las letras, mostrando significados que
hasta ahora nadie había logrado expresar. Era sencillo y extraordinario
al mismo tiempo.
Un
golpe terrible del viento contra las contraventanas me sacó de mi
ensimismamiento; la hojas de madera se habían soltado de su anclaje en
la pared y golpeban frenéticamente la fachada. El viento ululaba de un
modo atroz; realmente parecía una modulación humana, lánguida y
quejosa y, al mismo tiempo, firme y decidida. Había algo sobrecogedor
en todo ello.
—Bueno,
no me voy a dejar llevar por la imaginación —dije en voz alta
sintiendo un temblor—. Ya sé, me tomaré un coñac, encenderé un
cigarrillo, volveré a enganchar las contraventanas y me pondré a
escribir ese cuento que tengo pendiente…
Las
contraventanas golpearon con furia inusitada la fachada.
—…
Suponiendo que no se hagan pedazos.
De
pronto, sentí claramente que había una figura; algo, una forma, un
ser, detrás de las ventanas. Era… ¿Cómo explicarlo? Tuve la sensación
de que alguien me estaba observando desde el otro lado de la ventana,
bajo la lluvia, soportando la intensidad del viento, la tormenta…
Sentí
que los pelos de los brazos se me erizaban y, al mismo tiempo, un sudor
frío comenzó a aflorar en mi frente. Miré la florecilla en su maceta
de colores suaves; estaba empezando a languidecer, las hermosas luces de
sus pétalos se marchitaban, el tono verdigrís de sus hojas se desvanecía.
Apuré
la copa de coñac y aplasté el cigarrillo contra el cenicero. Sentí de
nuevo, y con claridad, que una figura vertiginosa, transparente,
enormemente fuerte y primordial me observaba taciturna desde el otro
lado de la ventana. El viento resoplaba como un gato enjaulado.
Cogí
la maceta y salí a la calle; algo se me echó encima con furia y me
zarandeó: oía un silbido terrible y podía sentir el abrazo poderoso
de un ser de otro mundo aplastándome. El pánico se apoderó de mí y
empecé a temblar como una hoja; asustado, empapado por la lluvia, muñeco
de los elementos y la fuerzas de la naturaleza. Entonces ocurrió, puede
parecer una locura; recuerdo que sólo había bebido una copa de coñac,
nada más. Y ocurrió. Con toda claridad sentí que la flor me hablaba,
que sus colores se transformaban en un mensaje legible para mí. Algo
inaudito, incomprensible. Y me dijo:
—Soy
la flor del viento, debes dejarme en el rincón junto al estanque o se
enfadará y, de todas formas, moriré.
Me
fui arrastrando bajo la capa de lluvia y forcejeando con el viento hasta
el rincón donde había encontrado la planta. Estaba agotado. En el
mismo agujero deposité la Violeta del viento sacándola con cuidado de
la maceta de suaves colores, y la asenté bien en la tierra. Me levanté
y, con mis últimas fuerzas, logré llegar a la casa.
En
el estudio me serví otra copa de coñac y encendí otro cigarrillo; las
manos me temblaban y estaba aterido de frío. De pronto, sentí que la
tormenta remitía, el viento amainaba y una ostensible calma comenzaba a
descender sobre el patio de la casa. Las contraventanas crujieron un
poco. Súbitamente, hubo un repentino relámpago que iluminó todo el
jardín como si se tratara del sol de mediodía: miré hacia el estanque
y vi la flor que, como una frágil mariposa, era alzada por un
torbellino ondulado y transparente hacia las altas regiones de la atmósfera.
Durante una fracción de segundo todo me pareció extraordinariamente
silencioso y sosegado. Entonces, me quedé dormido.
©
Xavier de Tusalle
(Javier
Estévez Lozano)
12
de mayo de 2003
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