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NO
ME VEO EN LOS ESPEJOS
Primero
ocurrió en el cuarto de baño, pero, por alguna extraña razón, no me
asusté. Luego, cuando iba por la calle, sucedió lo mismo: pude
comprobar que mi imagen no se reflejaba en los cristales de los
escaparates.
Aquella
mañana no me afeité a conciencia, es decir, embadurnándome la cara
con jabón y pasando luego la cuchilla concienzudamente hasta dejar la
piel lisa y llana como un campo de nieve inmaculado. Utilicé la
maquinilla eléctrica mientras me paseaba por el salón pensando en lo
agradable que resulta el olor del café y el pan tostado. Sobre todo las
mañanas del sábado, cuando no tengo que ir a la oficina conteniendo
mis escrúpulos y mis ganas de darme la vuelta y salir corriendo.
Cuando
me peiné, no vi realmente mi cabeza ni mi cara recién afeitada, no vi
mis pelos; en realidad, no sé si la raya me salió bien o mal, no
comprobé si las últimas canas que se adivinaban hace una semana habían
crecido y se notaban más. En realidad, había imaginado
que me había visto, porque mi imagen no estaba allí, en el
espejo.
Sin
embargo, al llegar al último escaparate de la calle Otoño, pude ver
con claridad que mi imagen no era reflejada por el cristal y, para qué
voy a negarlo, un escalofrío recorrió mi espalda desde el hueso sacro
hasta la coronilla, incluso me pareció percibir que había algo más allá.
Ése
fue el momento terrible en el que empecé a dudar de mi existencia. De
que realmente estuviera existiendo en algún lugar del espacio y del
tiempo.
No
quise dejarme llevar por el pánico. Pensé que sólo era una sensación;
tal vez no estuviera del todo despierto, tal vez estuviera inmerso en un
sueño que se hacía pasar por la vigilia. Pero mis esperanzas se
desvanecieron cuando vi a Julia que cruzaba el paso de peatones de la
calle Primavera. Nos encontramos en la esquina y la saludé, pero no
obtuve respuesta.
—Julia,
¿no puedes verme? Estoy aquí.
Ella
consultó su reloj y aceleró el paso. Tenía algún lugar al que ir. Yo
me quedé petrificado al borde de la acera; comprobé que los peatones
pasaban y supe que no podían verme.
—¿Por
favor, qué hora tiene? —le dije a un señor que iba con su periódico
bajo el brazo, pero él silbaba una canción y, desde luego, no era
consciente de mi presencia en absoluto.
Empecé
a temblar, como en un mal viaje.
Recordé
que mi gato no me había saludado al levantarme, no me había pedido su
ración de comida con la insistencia acostumbrada; de hecho, no
recordaba haber visto al gato. Empecé a sentir miedo, las piernas me
temblaban, tenía la boca seca y un tic muy molesto se adueñó de mi
ojo izquierdo. Me toqué; palpé mi pecho, mis brazos, me pasé la mano
por la cara y sentí una especie de gelatina neblinosa y fría. Podía
palpar el miedo, como si saliera de mi cabeza en forma de pensamiento
solidificado, y no era un miedo cualquiera: era el miedo.
A
mi alrededor todo empezó a difuminarse, a borrarse, como si alguien
pasara la goma de borrar sobre un boceto no del todo satisfactorio. Me
apoyé contra una pared, y me pareció que la pared no tenía sustancia
fiable; era más bien la sensación de un recuerdo perdido. Algo que
aprendí en algún momento y que ahora no era más que una convención
sin realidad tangible.
Por
Dios, ¿qué me estaba ocurriendo?
Cerré
los ojos y volví a abrirlos un momento después. Entonces vi el mundo
como delgadas líneas que conformaban una estructura levemente
bosquejada, y yo era un punto apenas perceptible ocupando una posición
indetectable en la galaxia de un universo ignoto. De pronto, se abrió
ante mí un pozo sin fondo en el que flotaba el éter de una soledad y
de un vacío absolutos. No había nada. Absolutamente nada.
—Disculpe,
¿voy bien por aquí a la calle Invierno? —oí que me decía alguien.
Miré
y vi a una persona de unos sesenta años, vestida con un abrigo negro.
—Sí
—dije maquinalmente—, baje por ahí, se cruzará con ella.
El
otro asintió dándome las gracias.
—Perdone
—dije cogiéndole de la manga del abrigo—, ¿puede usted verme?
El
hombre me miró con gesto taciturno.
—¿Bromea?
—Eh…
No, verá usted…
El
hombre se soltó con cierta vehemencia y apretó el paso. Me sentí
avergonzado, ¿qué me estaba pasando? Miré a mi alrededor y el mundo
volvía a tener su forma acostumbrada. Las gentes pasaban por las
calles, notaba su roce, escuchaba sus conversaciones. Pregunté por un
quiosco de periódicos y me dieron una dirección. Sacudí mi cabeza,
sentí una fresca brisa en mi cara. Me pareció que acababa de despertar
de una pesadilla. Toqué mi cuerpo y ya no me pareció una masa
gelatinosa. Todo volvía a ser lo que siempre había sido.
Empecé
a racionalizar: demasiado vino, demasiadas lecturas, demasiada
curiosidad, demasiado trabajo, demasiada tensión, demasiada soledad o
demasiada compañía, demasiado amor o demasiado odio. No sé, ¿demasiadas
películas? ¿Demasiados cuentos? Demasiada tristeza, demasiada alegría,
demasiadas noticias irracionales, demasiada fantasía, demasiada
incertidumbre.
Caminé
rápidamente durante unos veinte minutos respirando con cierta agitación,
el corazón me palpitaba con vehemencia, sentía la pulsación de una
arteria en la sien derecha como si marcara un ritmo tropical. Entonces
vi a Julia, venía por la acera de la calle Cristales Rotos.
—Hola
Julia, ¿qué tal? —dije esperando una respuesta con una expectación
tremenda.
—Hola,
¿cómo estás? Hace mucho tiempo que no te veo.
—¿Puedes
verme ahora?
—¿Estás
de broma? ¡Qué cosas tienes! Vosotros los publicitarios tenéis una
imaginación desbocada.
—¿Puedo
tocarte?
Julia
frunció el ceño en una expresión muy cómica.
—Bueno…
—Perdona
que te hable de esta manera —dije—, mi comportamiento te resultará
muy extraño, pero…no sé cómo expresarlo, me ha ocurrido algo muy
raro, verás…
—Tengo
un poco de prisa, Javi, si te parece podemos quedar otro día y tomar
algo, llego tarde a una cita.
—¿Puedo
acompañarte durante parte del trayecto? Así podemos hablar. ¿Adónde
te diriges?
—Voy
a la calle Principio.
Empezamos
a caminar.
—Verás,
esta mañana me ha ocurrido algo muy extraño…
Justo
en ese momento volví la cabeza hacia el escaparate de una tienda de
modas, y me quedé helado. Podía ver mi imagen perfectamente, incluso
me di cuenta de que no me había afeitado bien —las maquinillas eléctricas
nunca rasuran tan bien como la cuchilla—, sin embargo, observé que a
mi lado no caminaba nadie, quiero decir que la imagen de Julia no se
reflejaba en los cristales. La miré, y no era Julia, puedo asegurarlo;
sólo pude ver unas delgadas líneas que conformaban una estructura
incomprensible.
Si
caminaba a mi lado o no es algo que ignoro, no debía estar allí,
realmente, porque no pude oír su voz cuando me eché a llorar. Tal vez
dijo algo, no lo sé, pero yo ya estaba corriendo hacia la calle
Oblivion, a mi casa. Quería comprobar si mi gato tenía hambre y me
echaba la bronca, con esa insistencia tan característica y afectuosa
suya, por desatenderle. Mi gato, que nunca tuvo necesidad de reconocerse
en un espejo.
©
Xavier de Tusalle
(Javier
Estévez Lozano)
17
de noviembre de 2002
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