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EL
ÁLAMO AMARILLO
Sucedió
un día de otoño caminando por la Casa de Campo. Creo recordar que
estaba nublado y el ambiente era húmedo; podía percibir con toda
claridad el acuoso perfume de las plantas flotando por todas partes,
creando una atmósfera particular. El
gris del cielo armonizaba perfectamente con el verde perenne de
los pinos, el ocre del camino que seguía y los tonos amarillentos de
los álamos y los fresnos. Los troncos de las encinas y algunos otros árboles,
jaspeados de caleidoscópicos líquenes, impresionaban mi vista y
remataban magníficamente el cuadro.
Caminaba
despreocupadamente, me dejaba llevar por mis pasos, muy relajado; casi
me parecía flotar. Iba como suspendido, expandiéndome en la visión
que el paisaje otoñal me ofrecía. No pensaba, sólo
percibía. Los pensamientos no se interponían en mi percepción;
más bien, me observaba a mí mismo pasear a través de este jardín y
me sentía incluido en él.
De
pronto me encontré frente a un gran álamo amarillo. Algo pareció
abrirse en mí y la visión dejó paso a la experiencia desnuda. ¿Cómo
describirlo con este burdo lenguaje? Veía el amarillo de las hojas de
una manera directa. Experimentaba el amarillo y la belleza
natural de aquel árbol de un modo nuevo y desconocido. Sentía alegría
pura, sin motivo alguno, sin explicación. Era algo grandioso y desnudo
de conceptos, totalmente espontáneo. De algún modo yo mismo
participaba de aquella belleza, no era simplemente un objeto del que mi
visión pudiera gozar. Era como si un velo, normalmente cerrado entre
las cosas y yo, se hubiera abierto y las viera como realmente eran por
primera vez. No las juzgaba en modo alguno; sólo las veía.
El
árbol estaba ahí, siempre estuvo ahí; pero yo lo veía por
primera vez. No tengo por qué extenderme en más detalles, no es cuestión
de hacer literatura. Supe entonces que, normalmente, percibo el mundo no
como es sino como yo soy capaz de verlo en cada momento, según
mi estado emocional o intelectual. En realidad, lo que suelo percibir no
es más que el reflejo de mi estado interior. Veo las cosas, las
situaciones, todo, a través del velo de mis sentimientos y mis
pensamientos y, de algún modo, a cada instante creo el mundo y lo
percibido según mi conveniencia.
No
veo la verdad de las cosas sino la proyección de mis ficciones.
Entonces, el mundo es una inmensa pantalla donde creo ver lo que tomo
por real.
Madrid,
una experiencia en el otoño de 1986.
12
de octubre de 1992
©
Xavier de Tusalle, 2002
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