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TRISTEZA ANÓNIMA

 

Habíamos discutido como tantas veces, y como tantas veces a mí me parecía que esa iba a ser la última, que nunca le volvería a ver. Me senté en un banco de piedra a las afueras del Jardín Botánico, en el Paseo del Prado. Estaba hundida, ese chico se había convertido en una obsesión para mí, obsesión que entonces confundía con amor.

El amor era dependencia, necesidad, obsesión, posesión, disputas, besos, todo menos lo que realmente encierra su verdadero significado. Era muy joven, creo que aún no había cumplido los veinte años.

Escondí mi cabeza entre los brazos mientras la angustia y un sinfín de sinrazones me llevaban al abismo, un abismo que visitaba con frecuencia pero al que no por eso me acostumbraba.

Nos conocíamos hacía dos años y aunque no le soportara, la perspectiva de prescindir de él me parecía inadmisible.

Mi pelo, mojado por las lágrimas, tapaba mi cara. Debía ser primavera porque recuerdo las flores, el verde y una temperatura cálida y agradable al atardecer.

En esos  momentos el tiempo suele abandonarnos en el olvido y campear sin nosotros así que hoy no sabría decir  cuanto llevaba en esa postura cuando aquel desconocido se acercó a mí con una cámara de fotos en la mano. Ignorando por completo mi llanto, mi estado, mi angustia me preguntó si me importaba que me tomara una fotografía. Él nunca, recalcó, nunca hacía fotos a personas, sólo se dedicaba al paisaje, pero yo le había impresionado y quería hacer una excepción. Acepté y volví a tomar la postura que él observó antes de hablarme aunque ya no tenía ganas de llorar. Disparó y dándome las gracias continúo su camino paseo arriba. El suceso me sacó de mi ensimismamiento y ya no retomé la melancolía. 

Años después, un domingo por la mañana, cuando aquel chico tan imprescindible ya no formaba parte ni de mi recuerdo, fui a ver una exposición en el Palacio de Velázquez del Retiro, una de tantas que de vez en cuando solía frecuentar. Allí, en blanco y negro entre   otras fotografías de árboles, puestas de sol, lagos, flores, había una hermosa imagen de una muchacha de unos veinte años, con una larga melena negra tapando su rostro apoyado en las manos. Estaba  sentada en un banco de piedra al lado del jardín botánico.

Debajo de la imagen ponía: 1980. “Tristeza anónima”.

 

Rosa Galán 

Alicante l4 Abril de 2005

 

 

 

 

 

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