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TERCER
GRADO
No
puedo apartar la vista del techo. El mismo techo desde hace tres años.
No sé lo que siento. Hace una semana pasaron mi expediente por Junta y
hoy me han comunicado que he obtenido mi tercer grado y mi primer
permiso. Para alguien acostumbrado a decidir más o menos qué hacer con
su tiempo, probablemente el hecho de salir a por el pan o de dar una
vuelta o de visitar a un amigo no tiene mayor trascendencia.
Yo
tuve mi oportunidad. Disponía como cada uno disponemos de una cierta
libertad. Digo “cierta” porque la verdadera libertad nada tiene que
ver con el espacio, el tiempo, los deseos; la verdadera libertad se
conquista desde dentro o tal vez se reconquista porque la vamos
perdiendo según crecemos.
Volviendo
a la definición de libertad como oposición a reclusión, yo la tuve y
con ella no hice más que tejer cárceles dentro de más cárceles entre
las que me movía como pez en el agua, en las que hacía lo que me daba
la gana o eso creía yo por entonces.
Me
sentía libre cuando cada vez dependía más de todo y de todos. Del
dinero, del caballo, del que me proporcionaba el caballo de
los que conseguían el caballo para mi camello… de una cadena
tan inmensa, tan gruesa que cuando me metieron entre estas rejas, entre
estos muros que separan la vida de los que pueden elegir, de la vida
normatizada de este mundo a
parte, la cadena desapareció. Y no fue un cambio progresivo. No. Dejé
de consumir drogas, de fumar, de esperar, de buscar.
Pronto
encontré en dibujar y pintar cuadros la
forma más gratificante de pasar el tiempo, no me costaba
esfuerzo; las ideas, las sensaciones, los recuerdos incluso cosas ajenas
a mi, aparentemente, tomaban forma y vida a través de mis manos, como
si hubieran esperado en algún lugar hasta este momento para nacer y
expresarse.
A
mi alrededor parecían conspirar para que no me faltara nada de lo
necesario y pronto me hice famoso entre las galerías de la prisión.
Era “Juan el pintor” y nadie parecía interesarse por mi vida
anterior, hasta yo olvidé qué me había llevado a aquel lugar.
Entre
oleos, acuarelas, ceras, lápices de colores, iba creando un mundo
nuevo, con retazos de aquí y de allá, con elementos y capacidades que
yo mismo desconocía pero
que salían de algún lugar de mi interior, hasta tal punto que me
consideraba un instrumento tal como lo era el pincel entre mis dedos.
Entonces fue cuando me di cuenta que era libre, al menos me sentía
libre. Expresaba, disfrutaba, no pensaba en el mañana ni en el
ayer, cada instante era el que quería vivir y además tal como lo
vivía. Era libre.
Hoy
me han comunicado mi tercer grado y mi primer permiso, miro al techo y
temo que si cruzo esa puerta mi libertad no me acompañe y la pierda,
esta vez, para siempre.
Rosa
Galán
Alicante
14 Abril de 2005
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