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La
aprendiz de escritora
Hace
algún tiempo que pensaba en aquella historia, volvía a su mente una y
otra vez. Se la contaron una tarde de verano cuando sentada en la
terraza de aquél café, intentaba escribir algo emocionante,
interesante o simplemente algo, que al que lo leyera conmoviera. Pero no
podía, el ambiente la distraía, y a pesar de todo ella lo había
elegido, era su lugar preferido, un buen sitio para inspirarse y aunque
no fuera así al menos lo era para perderse una tarde, esconderse del
mundo, de la rutina, estar a solas consigo misma.
Pudiera
o no hacerlo al menos lo habría intentado, no siempre podemos escribir
lo que queremos cuando nosotros queremos, las letras son así de
caprichosas, como caprichoso es nuestro corazón del que no somos dueños,
sólo somos el lugar donde habita, aunque de nosotros depende que se
convierta en un buen lugar para que viva un corazón sensible.
Pero
no nos vayamos por las ramas, nuestra aprendiz de escritora se
encontraba en la plaza del mercado, del convento y el palacio, muchos días
había estado pensando en sentarse en aquella terraza y disfrutar del
entorno apacible de los laureles de indias, escuchar la música del agua
de la fuente centenaria. Hasta esa tarde le había sido imposible
realizar su deseo; el trabajo, la familia, las obligaciones de la vida
no le permitían tener un rato para sí misma. Y cuando por fin cumplió
su sueño —porque los sueños pueden ser tan simples como eso— había
algo que la distraía.
Lo
único que podía hacer era investigar a su alrededor, miraba una y otra
vez, estaba desconcertada. Escuchaba voces, veía caras, solo las veía
ella o alguien más. Después de unos minutos se dio cuenta que aquellas
voces y aquellas caras no eran las de ahora, no eran de este tiempo. La
llamaban, sentía como la tocaban. ¿Qué era lo que le pasaba? ¿se
estaría volviendo loca?, pero no, no era eso.
Simple,
era muy simple y nada extraño para un ánima sensible y soñadora como
la suya, quizá por eso la habían elegido. Eran los ecos de siglos
pasados, gentes de otros tiempos que trataban de reclamar su atención
para describirle la historia que allí ocurrió. Una historia de amor
del siglo XVII, verdaderamente antigua, cientos de años habían pasado
y sin embargo, el escenario no había cambiado, allí continuaba la
plaza del mercado, mejorada en su aspecto, una fuente de mármol gris
recuerdo del siglo XIX, jardines mimados por los jardineros municipales,
el convento y el palacio habían permanecido, ese era el encanto de su
ciudad. Había conservado sus edificios singulares, y uno podía
imaginarse paseando por sus calles viendo a las damas y sus caballeros
cortejarse, los carruajes por las calles adoquinadas, las criadas acompañando
a sus señoras comprando en el mercado, las fiestas que allí se
celebraron.
Inmersa
en su imaginación y con ayuda de sus fieles protagonistas su propósito
finalmente se hizo realidad, y pudo garrapatear un poema sobre aquella
historia que al que lo leyera emocionara o al menos interesara. A
vosotros queridos lectores os corresponde juzgar si cumplió su sueño,
aquí os lo dejo, testimonio de una historia verdadera dictada desde el
corazón a la pluma.
Tardes
de verano, vetusta ciudad,
los
siglos te contemplan,
plaza
del mercado, entre los laureles
mil
rayos ardientes intentan penetrar
entre
sus hojas verdes,
llegan
hasta mí ecos pasados de gentes sin suerte
altos
muros que esconden los secretos
de
tus mujeres, callejón de las monjas,
adoquines
grises, bajo las miradas ausentes
de
otras vidas cautivas en el ajimez,
adoquines
que abrazan tus piedras azules
cantería
labrada por unas manos artesanas
en
el palacio de Nava.
Que
historias contaban en las tardes
en
que las tapadas paseaban y
los
caballeros nobles las cortejaban,
pero
había una cautiva en la casa
rondaba
su amor un caballero,
nobleza
era su casa,
ella
en el convento habitaba,
amor
imposible, final desgraciado,
un
cadalso enlutado publicaba
la
muerte que recibió el condenado,
y
aquel día en que la figura del joven sevillano
bajo
la cuchilla del verdugo había pasado
las
rejas dejaron pasar un grito desesperado,
historia
de amor que lo viejos contaban
historias
para las tardes de verano
en
la plaza del mercado
frente
al ajimez que ellos contemplaron.
Alicia
cabrera
Septiembre
de 2004
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